Peregrinos

Viernes en la tarde. La energía no sé si escasea o empieza a brotar. Se viene un concierto, pero mi mente quisiera ocultarse.

Crónicas 09/06/2023 Raimundo Santander
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Ilustración por Sol Díaz (@unasoldiaz)

Me refugio en la cama familiar, en un amigo que visita.

Arriba la noche oscura. Con ella, las manos que ayudan. Voluntad en ciernes. Partimos.

Trayecto usual, conversación trascendental.
Llegando al sempiterno club, confirmamos: toda carga incluye su descarga.

El escenario empieza a poblarse de seres naturales y electrónicos. 
Aquí o allá, ¿dónde mejor sonará?

Me alegro al verte llegar, con tu pesado bolso de platillos al hombro, decidido, entregado.
 
Un abrazo cariñoso y un escueto intercambio, un par de ideas sobre lo que haremos, o, más bien, comentar el día.

Se aproxima la hora del sonido. 
No será un vuelo sin incertidumbre. La caída ha sido siempre el combustible de nuestras naves.

Primeras notas, el aire está emocionado. 
Al borde de la cornisa es dónde aprendimos a tender nuestra carpa. Somos adictos al vértigo de la improvisación. 
 
Honramos a nuestr@s gigantes, trepándoles. Desde allí, atacamos nuestras propias cimas.

Toco y me tocan mis guitarras. Siento mis manos controladas por otra fuerza. Creo que son las directrices universales. 
Y ocurre el milagro, puedo oír en el futuro.

La sensibilidad se aguza para ser fiel a la imaginación. 
Para seguirte y dejarme seguir. 
Para crear y dejarnos crear.
El compromiso es lo que sostiene.

El público siempre envía señales inequívocas.  Cada alarde y silencio, cada vítor o desatención, indican qué virtudes han venido a presenciar, qué contenido arquetípico ha de ser recreado.

A punta de cuerdas y parches, aciertos y tentativas, vamos descubriendo una melodía que sea de todo@s, un canto que sea el mismo canto. 
 
El descanso de la medianía es aire espiritual, canción quieta que aguarda su restablecimiento.

Y vamos a la carga nuevamente. 
Llevamos dentro la tarea de embellecer, de transformar nuestras emociones en música. 
¿Para qué?, para que quién escucha, pueda también dar forma y sentido a lo que siente. 

Sube el tercer elemento, que es como si fueran ochenta y ocho. 
La armonía triste del que se fué es el puente que nos conecta. Vaya regalo es el lenguaje universal del Jazz.
 
Terminaremos de a dos. La alegría ya se ha contagiado. 
Quiénes estamos aquí sabemos de qué se trata todo ésto, de volver.
 
La última canción es pura nostalgia.
Aunque nos veremos mil veces más, ciertos estamos de lo irrepetible de nuestro trabajo.

Silentes los instrumentos. 
Sólo queda el recuerdo de una travesía, la intuición de lo que alcanzamos a contestar, de las preguntas que quedaron irresolutas.
 
Amigo, colega, hermano, gracias. 
Cantas con tu batería la canción de mi alma.




Este texto es para Rodrigo Recabarren, amigo y baterista con quien comparto el proyecto Peregrinos . Las palabras surgieron después  de una tocata que tuvimos hace un par de meses. Agradezco también al pianista invitado, Albert Marqués por acompañarnos ese día.




Raimundo Santander:
Guitarrista y compositor ligado a los mundos del jazz y el folklore, ha construido una fructífera carrera discográfica y sobre los escenarios.  En su última placa, “Rai Santander y Los CTM”, desafía los límites del formato guitarra-contrabajo-batería. Dirige La Orquesta del Viento, proyecto interdisciplinario que suma el arte visual de la artista Sol Díaz.

Co-lidera el dúo Peregrinos, junto a Rodrigo Recabarren, baterista chileno radicado en Nueva York. Colabora permanente en la escena del jazz chileno con artistas como Ana Tijoux, Cómo Asesinar a Felipes, Nano Stern, entre otros. Lleva adelante el podcast “Guitarra al Pecho”, el blog “Los Escritos de Rai” y una ininterrumpida labor de más de 20 años como profesor.