¿Será que no soportamos la música?

"A esa otra música la detesto, porque se transformó en un arma. Hoy en día poner play es como fumarse un cigarro, o comerse un Súper 8, estimula por un momento, pero, cuál droga, da bajón de una, da vacío".

Actualidad 21/08/2023 Raimundo Santander
la musica nos carga 2
Ilustración por Sol Díaz (@unasoldiaz)

Llenamos de música cada momento de nuestros modernos días.

Abarrotamos cada oído con los audífonos más perfectamente ergonómicos.

En el metro, el algoritmo sugiere con destreza inigualada.

Mientras cocinamos, su podcast.
 
En el baño, el track para el post de hoy.

¿Vamos a comprar ropa? Por supuesto, Adidas nos da un empujoncito con el Radar de Novedades.

Mientras, el cáustico inventor de la música “de fondo”, Erik Satie, se regocija en el ultramundo.

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Un sinfín de megafestivales nos convocan por decenas de miles. 

Los globales artistas de los carteles se lucen en la sección "Tiempo Libre”. 

La cobertura virtual se pliega, genuflexa.

Aceptémoslo, nos encantan nuestros tickets, los miramos con intenso amor.

Tu artista predilecto se reduce a fetiche gracias al más contundente calificativo: “GENI@”.

Entonces, se hace inevitable la pregunta: 

¿Y la música? 

Esa que no suena, que no tiene melodía ni letra. Esa música que no cabe en las mejores canciones de la década; que es sustancia inefable en la que viaja lo que somos; que se manifiesta en cada cosa que hay; pero que tampoco es eso, si no todo lo que no es. 

¿Dónde quedó esa Música? ¿Perdida en la omnipresencia de la “otra” música? ¿De la que escuchamos sin parar? ¡¿De la que repleta todo el p*** día, canción tras canción?!  

A esa otra música la detesto, porque se transformó en un arma.
Hoy en día poner play es como fumarse un cigarro, o comerse un Súper 8, estimula por un momento, pero, cuál droga, da bajón de una, da vacío.

Sí, esa música está muerta. Pero la atávica, la misteriosa, la muda, resiste. Canta vivaz porque jamás la podremos poseer, entender, enseñar o destruir.
La gran industria discográfica que nos apabulla, nunca podrá tratarse de ella, sólo del “entertainment”. 
Los maestros del “social proof” no venden arte, venden olvido.

De cuándo en cuándo, la tupida maraña de singles y pre-saves deja pasar al Sol. 
Un ínfimo rayo de verdad nos inspira y arrulla. Pero a continuación, indefectiblemente, nos aterra. 
¿Será que la verdad es insoportable?

A la condición inaprehensible del hecho artístico, hay que sumar nuestra cobardía. No queremos saber de qué está hecha la existencia.
Preferimos distraernos, compartir temitas ricos por Whastapp, hacer una infalible playlist bailable para el cumpleaños.
Nos sentimos seguros admirando a l@s que tocan, cantan, arreglan o componen bien. Y así aceptar que no eres del club de los selectos. O bien, reconocerte elegid@ y jurarte incomprendid@.
 

Querido(a) lector(a), confieso no saber bien de qué estoy hablando. 
¡Pero hay algo que sí sé! Que cuándo entro en contacto con el verdadero arte musical, brota un fuego terrible que me quema por dentro! 
Y que si reniego de ella, me extravío, sufro, y termina prendiéndose también la hoguera que me abrasa. 
Irónicamente, mi relación con la música termina siempre en un crepitar.

Recuerdo aquí a mi amigo F, diciéndome: “La música tiene que doler”. 
Paremos con las vanidades, por favor.

Contertulio, contertulia, me confieso otra vez: creo que estoy hablando de un oficio, el de esculpir el tiempo, de adornarlo y adorarlo. De sacar algo desde la nada. De, furiosamente, aprender a ser.
 
Pero justamente los humanos de hoy aborrecemos el tiempo. Detestamos el silencio que lo permite, escamoteamos la realidad y, sobre todo, ¡odiamos la vida! 
Arrojados al enigma de existir, terminamos siempre abandonando. A nosotr@s mism@s, al hijo, a la madre, al
Creador…

 Ya!, me cansé de escribir. Pero a estas alturas, está más que claro: 

¡NO SOPORTAMOS LA MÚSICA!

Raimundo Santander, guitarrista y compositor ligado a los mundos del jazz y el folklore, ha construido una fructífera carrera discográfica y sobre los escenarios.  En su última placa, “Rai Santander y Los CTM”, desafía los límites del formato guitarra-contrabajo-batería. Dirige La Orquesta del Viento, proyecto interdisciplinario que suma el arte visual de la artista Sol Díaz. Co-lidera el dúo Peregrinos, junto a Rodrigo Recabarren, baterista chileno radicado en Nueva York. Colabora permanente en la escena de la música chilena con artistas como Ana Tijoux, Cómo Asesinar a Felipes, Nano Stern, entre otros. Lleva adelante el podcast “Guitarra al Pecho”, el blog “Los Escritos de Rai”, y una ininterrumpida labor de más de 20 años como profesor.

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